No sabría muy bien cómo describir lo que me pareció la
película. Quizá podría decir que me pareció muy insulsa y vacía, es decir, no
es que crea que sea una mala película sino que salí del cine igual que entré,
no me aportó nada. De las poquitas cosas que salvaría serían algunos efectos
especiales, los mínimos que se pueden pedir a una película de este tipo, una
buena fotografía, unas actuaciones decentes y la historia, que aún siendo
totalmente distinta a todo lo que nos habían contado sobre Drácula, no me
desagradó.
La película nos presenta a un Drácula distinto al que
conocíamos. Durante el tiempo en que el imperio otomano conquistaba territorios
éste reclutaba niños rumanos para convertirlos en soldados. Uno de estos niños
era Vlad Tepes (Luke Evans) y llegó a ser el guerrero más temido de todo el
imperio. Tras años de lucha Vlad decide dejar los campos de batalla
convirtiéndose así en príncipe de Rumanía. Vive en paz junto a su esposa Mirena
(Sarah Gadon) y su hijo hasta que el sultán del imperio, el que antaño fuera su
amigo, Mehmed II (Dominic Cooper) le pide entregar a mil niños para ser
reclutados, entre ellos su hijo. Vlad se niega y ello conlleva a romper la paz
y la tranquilidad y a tener que enfrentarse contra el imperio.
Viéndose muy en
inferioridad numérica y con la certeza de que la batalla la tiene perdida
estará dispuesto a hacer cualquier cosa para proteger a su familia y a su pueblo. Para ello
decide hacer un pacto con un ser diabólico (Charles Dance) que está oculto en
una cueva. Dicho ser le entregará su poder durante tres días a cambio de que no
pruebe la sangre humana. Si durante esas 72 horas bebe sangre de una persona,
eternamente será ese ser diabólico. Desde ese momento comenzará una lucha
contrarreloj contra el imperio y su sed de sangre que cada vez es más fuerte.
Sinceramente no es una película que yo recomendaría para ir
al cine a ver, cualquier otra opción que hay en cartelera seguramente sea
bastante mejor elección.
Mi puntuación: 5,5/10.

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